DOS POETISAS OLVIDADAS / Percy Polidori


 

 

Hablaremos hoy de Elisabeth Mulder, personaje fascinante de raíces aristócratas (de las que ella se alejó todo lo que pudo) y que tuvo su momento de gloria durante la República y luego, cosa rara, supo mantenerlo durante la posguerra, hasta bien entrado los sesenta. Quizás por eso durante la Transición y los 80 cayó en el olvido más absoluto y tras su muerte en el 87, nadie se acordaba de ella.

Nadie hasta que Juan Manuel de Prada la rescató del ostracismo la década pasada. A ella y al otro personaje que veremos después y que están relacionados.

El poema que aquí os copio (El pulpo), es de sus primeros años y tiene un toque Lovecraftiano que me gusta mucho. Aparte de un aire de misandria que deja entrever la sexualidad compleja de esta señora que sí bien se casó y tuvo un hijo, mantuvo tras la muerte de su marido una relación lésbica semioculta con la otra poetisa que veremos a continuación y que, ya os anticipo que acabó mal.

Ahí va:

Una noche soñé que un pulpo me quería.
¡Oh la indecible angustia de aquella aberración!
Nunca he sufrido tanto; cuando amaneció el día
dijérase que había perdido la razón.

¿Alguien ha visto un pulpo acercársele quedo,
asqueroso y lascivo, monstruoso y feroz?
Por vez primera supe qué es ser presa del miedo,
qué es hundirse en la sima de una demencia atroz.

Él caminaba siempre, y yo huía, yo huía;
sus tentáculos eran como una maldición
caída del infierno sobre la carne mía
que crispaba el espanto de la alucinación.

¡Qué terror! Se me helaban los gritos en la boca.
¡Qué terror! No acertaba ni auxilio a demandar.
Y él avanzaba siempre, y yo, como una loca,
ni siquiera sabía hacia dónde escapar.

Un tentáculo horrible sobre mí iba a caer
como una helada mano blancuzca y amarilla,
cuando al fin dando un grito que sacudió mi ser
desperté sollozando de aquella pesadilla

que me hizo conocer el infierno del pánico,
el dolor de lo innoble, el terror de lo infecto
encarnado en lo inmundo de aquel pulpo satánico,
tenebroso y maldito, misterioso y abyecto.

Si en mis ojos a veces un terror pavoroso
refleja la impotencia de un grito silencioso,
si parece que miro una horrenda visión,
si a veces en mis labios hay un temblor de agonía,
es desde que soñé que un pulpo me quería.

¿Cómo olvidar la angustia de aquella aberración?


 

Ana María Martínez Sagi

 

 Toca hablar ahora de Ana María Martínez Sagi, personaje relacionado directamente con Elisabeth Mulder y, al igual que ella, recientemente rescatada del olvido por Juan Manuel de Prada.

Sagi, que venía de una familia acomodada como la de Mulder, escribió (y publicó) poesía en su juventud, allá por los años 30, pero, a diferencia de la de Mulder, no tuvo ningún éxito y pasó sin pena ni gloria. Donde sí triunfó fue en el deporte, siendo una magnífica jugadora de tenis y sobre todo una atleta de categoría que consiguió ser campeona de España en lanzamiento de jabalina y plusmarquista nacional. Además se convirtió en la primera mujer miembro de la Junta Directiva del FC Barcelona.

Pero como ni la poesía ni el deporte le daban para vivir, se dedicó al periodismo, acabando como reportera de guerra en la Guerra Civil.

Tras la Guerra se convirtió en un alma errante hasta acabar volviendo a Barcelona en los años 70 donde murió dos décadas después olvidada por todos.... Excepto por Juan Manuel de Prada que la conoció, la entrevistó y fascinado por su historia público Las Esquinas del Aire, a modo de biografía homenaje. Sin embargo, tras su muerte tuvo acceso a documentación inédita que reveló que la versión de Sagi, bien por descuido, bien por recuerdos selectivos, bien por interés personal, no se ajustaba totalmente a la realidad, por lo que sacó un segundo libro, fruto de su investigación (La Voz Sola) que incluye la totalidad de la poesía de Sagi y una amplia selección de sus artículos periodísticos, y que es francamente interesante.


 

La poesía de Sagi, sin ser de alto nivel, no resulta ni mucho menos despreciable y está claramente marcada por su relación con Elisabeth Mulder, con la que compartió primero amistad y más tarde una relación sentimental que acabó en ruptura abrupta por parte de Mulder. La versión de Sagi es que la culpa la tuvo su madre que al enterarse de lo que había entre ambas exigió a Mulder que se alejara de su hija. La opinión de De Prada es que, aunque dicha interferencia existió, Mulder no protestó porque en ese momento estaba ya incómoda con una relación asimétrica, en la que la pasión de Sagi no era ni mucho menos la que ella sentía. Además, Mulder aunque viuda, tenía un hijo pequeño y un mayor interés que Sagi en proteger su intimidad.

Sagi quedó marcada por esta ruptura, y de hecho no se le conocen más relaciones. Más aún, sus papeles y notas revelan que nunca olvidó a Mulder, y así se nota en la poesía que siguió escribiendo, aunque apenas publicando. Por ejemplo, en ésta que os paso, escrita treinta y tantos años después de la ruptura

 

Otros mares nos alejan

Otros cielos nos amparan,

¿Qué soga feroz ahorcó

el grito en nuestra garganta?

Implacables inclementes

sedientas atormentadas

mi boca niega tu nombre

la tuya el mío se calla

Yo voy huyendo de ti.

Se alejan de mí tus plantas.

Vierto sal negra en las sendas.

Cercenas tú la esperanza.

Ya no me restan más luces

que estrangular en el alma.

Por anegarme las huellas

te quedaste tú sin agua.

¿Quién alejó nuestras sombras

que se buscaban nostálgicas?

¿Qué manejadas furiosas

qué estepas alucinadas

qué cantiles tenebrosos 

para siempre nos separan?


Tampoco me resisto a copiaros este otro poema que comienza con el verso que dió título al primer libro que De Prada le dedicó.

 

Mi voz se me ha perdido en las esquinas
del aire y del olvido.
En un sueño mohoso
sin salir de mí vivo.
Es otra la que impávida
recorre los caminos.
La que abre y cierra puertas
e interpreta los signos.
Estrangulé la luz en una trenza
de días consumidos.
El corazón en un país azul
lo enterré sin un grito.
Puertos y litorales
me esperan compasivos.
Regazos fraternales
y nombres sin sentido.
Mientras resbalo sola
con un temblor de río
los yunques de mis ecos
en herrumbre dormidos
golpean el silencio
con sus negros martillos.
Dolor de mi voz muerta
entre el arrebatado clamor de los vivos.


La voz que se ha perdido en las esquinas
del aire y del olvido.

 

José Manuel de Prada

 

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