FELIPE BENÍTEZ REYES / Spencer Polidori



 

Hoy la propuesta nos lleva de nuevo a los poetas de la “generación de los 80”, de “la otra sentimentalidad” (o “nueva sentimentalidad) o “poesía de la experiencia”. Pero en este caso no hablamos de uno de los fundacionales (cómo fue García Montero) sino uno de los que los críticos añadieron después a esa lista aunque, en realidad, comenzó a publicar más o menos cuando se fundó la corriente.


Se trata de un poeta (sobre otras facetas suyas también muy celebradas como la de novelista o crítico literario), de la tierra de nuestro Polidori Perceval: Andalucía. Y os confieso que a mí me gusta mucho.

Hoy hablamos de la poesía de Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960), también flamante ganador del Premio Nadal de novela por Mercado de Espejismos.

Inició sus primeros estudios en Rota, para continuarlos después en el Colegio San Luis Gonzaga de El puerto de Santamaría. Estudió Filología Hispánica en las universidades de Cádiz y Sevilla.

Actualmente reside en su pueblo natal.

Comienza a escribir no como poeta, sino como letrista (“en algo que estaba muy lejos de ser inglés” dirá luego) de canciones para su grupo de rock, que monta con unos amigos. Como poeta, Benítez Reyes ha escrito:

Paraíso manuscrito (Sevilla: Calle del Aire, 1982)

Los vanos mundos (Granada: Maillot Amarillo, 1985)

Pruebas de autor (Sevilla: Renacimiento, 1989)

La mala compañía (Valencia: Mestral, 1989)

Sombras particulares (Madrid: Visor, 1992)

Vidas improbables (Madrid: Visor, 1995)

El equipaje abierto (Barcelona: Tusquets, 1996)

Escaparate de venenos (Barcelona: Tusquets, 2000)

La misma luna (Madrid: Visor, 2007)

Las identidades (Madrid: Visor, 2012)

Ya la sombra (Madrid: Visor, 2018)

Como hemos dicho, la poesía de Benítez Reyes se encuadra en la “poesía de la experiencia” y se adscribe, así, a la de nombres como Luis García Montero u otros como Carlos Marzal, Vicente Gallego, o Jon Juaristi. Recordemos que estos poetas piensan que la poesía no es una autobiografía sino que el Yo poético puede fingirse o universalizarse a través de una anécdota personal o ficcionalizarla para expresar mejor su mensaje. Recurren a elementos urbanos y cotidianos y proponen una reflexión a través de la poesía y no la limitación al sentimiento personal. Y ahora, vamos a Benítez Reyes

 


 

 Él dice de la poesía varias cosas interesantes:

Primero: que para entender a un autor hay que ver el conjunto de su obra. Porque “a lo largo de una obra poética se nos ofrece, en definitiva, un retrato”, si bien “resulta difícil imaginar una ideología poética inmutable”. El poeta de veinte años, nos dice, no puede pensar como el poeta a los cuarenta. Por eso, hoy citaremos bastantes poemas suyos, para podernos hacer una idea de cómo desarrolla los temas de los que hablaremos y que identifican su poesía.

Segundo: que la poesía es “reflexión” y también “voluntad de interpretación”. Por eso la poesía no es reflejo simple de un yo sino que la poesía “se trabaja”. Eso sí, el trabajo se orienta hacia transmitir de manera útil y conmovedora para el lector esa interpretación de un recuerdo, un paisaje, un conflicto de conciencia… cuanto más reveladora sea y menos obvia, más útil y conmovedora será.

Y es por ahí por donde puede el crítico, o el que quiera comprender bien el mensaje de este autor,  acercarse a él. Su poesía revisita, con la frecuencia y la intensidad poética que no tiene ningún otro contemporáneo, el clásico tópico del Tempus fugit. Junto al paso inexorable del tiempo que todo lo borra, el esfuerzo casi trágico de la memoria, como salvaguarda de lo vivido, de la niñez, de todo lo que el tiempo destruye y que desemboca, a su vez, en la apuesta por un fuerte vitalismo, un aferrarse a la vida, oponerse al tiempo y mantener la identidad. Dos poesías que ilustran el tratamiento del vuelo veloz del tiempo son “Prólogo y Logomaquia” y  “formulación del mecanismo del tiempo”

 

PRÓLOGO Y LOGOMAQUIA

Imagínate el tiempo como un perro que huye,
enseñando los dientes, con la cabeza vuelta.
O bien como la mar, que, cuando sube,
crecida en su delirio, parece más pequeña.

La memoria es la esfera de niebla de un reloj
que valora tan sólo las horas cuando mueren.
(Vigila el pensamiento, que es fuente del terror.

Y mueve con cuidado
las fichas de la suerte).

Todo avanza sin fin, aun teniendo un final,
y se hace todo extraño como un cetro de oro
en manos de un bufón
que ríe, sufre y baila.

El tiempo que nos queda perdió su eternidad.

 

FORMULACIÓN DEL MECANISMO DEL TIEMPO

Lo que se va. Esta fuga. Cuanto mueve
el viento que va huyendo hacia su ayer.
Lo que deja de ser nada más ser.
Los días que se funden con la nieve.

Lo veloz, lo no visto, lo olvidado.
Lo que fue a su acabarse. Cuanto vino
y suplantó el anhelo de un destino.
Lo rápido en huir, el delicado

morirse de tan poco tanta vida…

Hay algo en la verdad que no es verdad:
si el tiempo es siempre un punto de partida,
¿qué hora marca tu tiempo, eternidad

mía, que ya no
eres eternidad?



 

Pese a esa inevitabilidad del tiempo huidizo, el poeta se afirma en la vida, adquiriendo su expresión más rotunda de este pensamiento en “Propósito de enmienda”, verso que cierra un libro en el que todos los poemas, salvo éste, conducen al concepto de destrucción de la memoria y el pasado. Sin embargo, antes de dejar a los lectores, el poeta replica:


PROPÓSITO DE ENMIENDA

A favor del vivir —sea eso lo que sea—,
retando la locura del tiempo fugitivo,

marcando las distancias con su vértigo
de muerte y destrucciones arbitrarias,

mirándole a los ojos

al tiempo
—aun siendo él

veloz como un reptil que deja atrás su sombra.

Qué meticulosidad —ese asesino en serie—
para darnos las dosis de veneno y de antídoto
con una exactitud de paciente alquimista,
arrojados nosotros a sus pies
como los perros...
                                  Y, no obstante,
a favor del vivir, sea eso lo que sea
—y aun temiendo que sea
este raro correr hacia la nada.


“A favor de vivir”, sea eso lo que sea. Aunque suponga el propio paso del tiempo.

Benítez Reyes, con un verso fluido, fácil y no exento de simbolismo (al contrario, veremos que usa muchos símbolos), muy musical -porque es un apasionado de la música y el verso es tempo y ritmo-, nos transmite siempre un halo de melancolía y de inevitabilidad de lo efímero.

Entre esos símbolos que emplea, suele usar el del viaje. El viajero, arrastrando la maleta en medio de la noche de hotel en hotel, a veces como ficción todo ello dentro de una bola de nieve de cristal, que un demiurgo poco compasivo agita a capricho, es la imagen del hombre arrastrando su memoria, su identidad, sobreviviendo en cuerpos nuevos (la ciudad y el cuerpo se identifican expresamente en algún poema). La maleta a cuestas como lo rescatado del pasado que aún sobrevive a la andanada del tiempo.

 

BIBELOT

Cuando agitas la esfera de cristal,
una súbita nieve cae solemne
sobre los figurados edificios
de colores brillantes.
Y si agitas
a la vez tu memoria,
ves a un tipo que llega
de madrugada a una ciudad
—ese borroso aspecto de juguete
que en la memoria adoptan los lugares—
y arrastra su maleta, y para un taxi,
y a través del cristal
ve la nieve caer, hasta que llega
a un hotel con letreros luminosos, situado
enfrente de otro hotel a cuya puerta
ha parado otro taxi que recoge
a un viajero que arrastra su equipaje.
Cuando agitas la bola de cristal,
sobre el agua desciende la nevada,
ingenuo decorado que recrea
la ciudad que ahora es, en tu recuerdo,
poco más que esa grávida esfera de cristal:
un mundo sumergido
al que alguien llegó de madrugada
—y la megafonía confusa del aeropuerto—,
alguien que deshizo con metódica extrañeza su maleta,
que la rehízo días más tarde y tomó un taxi
de vuelta al aeropuerto, antes de amanecer:
un pequeño catálogo de rutinas, condensado
en la pequeña bola de cristal,
con su mundo fingido,
su confeti de plata,
su imaginaria nieve asentada en el fondo,
hasta que agitas la esfera
y vuelven a surgir desde la nada
la nieve, una ciudad y tu memoria.

Siempre con la melancolía y la conciencia de que todo pasa y nada queda y de que el tiempo arrasa la memoria y los objetos. De que el hombre es un viaje por el tiempo y la vida un naufragio que arroja algunos retales de embarcación a las playas.

 

EL EQUIPAJE ABIERTO

De todo comienza a hacer bastante tiempo.

Y en una habitación cerrada
hay un niño que aún juega con cristales y agujas
bajo la mortandad hipnótica de la tarde.

Comienza a hacer de todo muchos años.

Y la noche, sobrecogida de sí misma,
abre ya su navaja de alta estrella
ante la densa rosa carnal de la memoria.

Comienza a ser el tiempo un lugar arrasado
del que vamos cerrando las fronteras
para cumplir las leyes
de esa cosa inexacta que llamamos olvido.

Y llega la propia vida hasta su orilla
como lleva el azar la maleta de un náufrago
a la playa en que alguien la abre con extrañeza
—y esa ridiculez de disfraz desamparado
que adquieren los vestidos de la gente al morir.

Lejano y codiciable,
el tiempo es territorio del que sólo
regresa, sin sentido y demente,
el viento sepulcral de la memoria,
devuelto como un eco.

Como devuelve el mar su podredumbre.

Todas nuestras maletas
reflejan la ordenación desvanecida
                                                                  de un viaje
que siempre ha sucedido en el pasado.
                                                                    Y las abrimos
con la perplejidad de quien se encuentra
una maleta absurda
en esa soledad de centinela
que parecen tener las playas en invierno.


 

Pero siempre sin negar la vida. Aunque el tiempo la vaya destruyendo, Benítez Reyes parece querer decirnos que hay que aferrarse a disfrutar el momento (Carpe Diem) y que eso, estar en el aquí y en el ahora, inconscientes del inexorable paso del tiempo, es la vida. Eso es vivir. Vivir es un verano en el que fuimos felices porque el tiempo estaba detenido, aunque ahora sea sólo memoria. Es la idea que subyace en estos dos últimos poemas que proponemos:

 

LAS SOMBRAS DEL VERANO

Aquel verano, delicado y solemne, fue la vida.
Fue la vida el verano, y es ahora
como una tempestad, atormentando
los barcos fantasmales que cruzan la memoria.

Alguien retira flores muertas
del cuarto de los invitados
y hay una luz cansada tendida sobre el suelo,
como un dios malherido, y van yéndose coches
en que agitan pañuelos unos niños.

                                                            Trae la noche
un viento helado y bronco que es el viento
del pasado, y en la terraza esparce
hojas secas y rosas y periódicos, mientras miro
el sepulcral avance del mar sobre la arena,
llevándose y trayendo troncos viejos,
hierros llenos de algas, y algún juguete roto.

Ahora recorro
ciudades que son una ciudad sola, y siempre oscura,
cargado de maletas, sin dinero,
buscando un hotel sin nombre
donde alguien me espera
para revelarme aquello que no quiero saber,
para darme una llave...
                                        Oigo esta noche
tu cuerpo desplomarse en la piscina,
y las risas festivas
de los amigos, encendiendo bengalas.
                                                              Y estoy
de pronto en una calle, esperándote
para acudir al piso de las citas furtivas
olor a tabaco rancio.

                                  Se muere el mar de otoño
y hay niños que apuñalan las estatuas
y las olas arrastran candelabros, sables rotos.
Alguien que no conozco me persigue llorando
-pero sé que el verano fue la vida.

Llega un balón rodando hasta mis pies,
a la mesa en que escribo.
                                            Unos niños,
con los ojos vacíos, me hablan
y es un eco trasmundano
el que tienen sus voces, que resuenan
en el jardín, como un disco incesante
cada noche, en la memoria.
                                                Estoy de nuevo
en la ciudad entenebrada que nunca he visitado,
buscando direcciones
que dicta la memoria confusa —y un papel
con cifras de teléfonos que suenan
en salones vacíos.
                              Me he sentado
en un cafetín del muelle a descansar
y alguien comenta a gritos no sé qué
de una niña suicida que encontraron
con las muñecas abiertas, y una carta a sus padres...
Se marchaban los coches cuando el sol declinaba,
mientras yo recogía los juguetes
y el mar iba volviéndose más frío,
verde y bronco.

                            Oigo pasos
casa no hay nadie.

mi memoria recorre, descalza, el laberinto.

EL SÍMBOLO DE TODA NUESTRA VIDA

Hay noches que debieran ser la vida.
Intensas largas noches irreales
con el sabor amargo de lo efímero
y el sabor venenoso del pecado
—como si fuésemos más jóvenes
y se nos permitiera malgastar
virtud, dinero y tiempo impunemente.

Debieran ser la vida,
el símbolo de toda nuestra vida,
la memoria dorada de la juventud.
Y, como el despertar repentino de una vieja pasión,
que volviesen ahora aquellas noches
para herirnos de envidia
de todo cuanto fuimos y vivimos
y aún a veces nos tienta
con su procacidad.
Porque debieron ser la vida.

Y lo fueron tal vez, ya que el recuerdo
las salva y les concede el privilegio de fundirse
en una sola noche triunfal,
inolvidable, en la que el mundo
pareciera haber puesto
sus llamativas galas tentadoras
a los pies de nuestra altiva adolescencia.

Larga noche gentil, noche de nieve,
que la memoria te conserve como una gema cálida,
con brillo de bengalas de verbena,
en el cielo apagado en el que flotan
los ángeles muertos, los deseos adolescentes.

 

 

 

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