CARLOS MARZAL / Spencer Polidori
Nacido en Valencia en 1961, Marzal es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, durante sus diez años de existencia codirigió Quites, revista de literatura y toros. Su andadura poética se inicia con El último de la fiesta (Renacimiento, 1987) al que sigue La vida de frontera (Renacimiento, 1991). Los dos son libros lúdicos, con un componente urbano y nocturno muy acusado donde el yo poético se desdibuja y confunde con un personaje un tanto mujeriego, nocturno y “cierrabares”.
Con Los países nocturnos (Tusquets, 1996) se abandona el tono humorístico o cínico de las primeras obras y comienza a aparecer el Marzal maduro. Publica luego Poemas (Universidad de las Islas Baleares, 1997), pero el despegue verdadero se da con una obra ya de 2003: Metales pesados, poemario que consigue los premios Nacional de Poesía y de la Crítica. El año 2003 obtuvo también el Premio Antonio Machado de Poesía y en 2004 el XVI Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe por su obra Fuera de mí. Siguiron a ese poemario El corazón perplejo (su poesía completa; Tusquets, 2005); Ánima mía (Barcelona, Tusquets, 2009) y Los otros de uno mismo, (Universidad de Valladolid, 2009)
Es considerado uno de los principales nombres de la poesía de la experiencia en su vertiente metafísica.
Debutaba en la narrativa con la novela Los reinos de la casualidad (Tusquets, 2005), considerada como la mejor novela del año por el suplemento 'El Cultural' del periódico El Mundo. Escribía luego Con un poco de suerte, (Diputación Provincial de Málaga, 2006) y Los pobres desgraciados hijos de perra , Tusquets, 2011 (finalista del premio Setenil).
Para Marzal, “Escribir consiste, en buena medida, en partir hacia un lugar sólo intuido en la bruma, sólo vislumbrado en nuestros sueños. El paraje al que se llega, el territorio de arribada, constituye un descubrimiento absoluto, un lugar del lenguaje –la literatura son palabras en un orden concreto– donde no sospechábamos que llegaríamos, pero donde indefectiblemente se llega”. La poesía de Marzal, así entendida, es un experimento. Le preocupa más el proceso de escritura que el saber a dónde le llevará el poema. De hecho, hay mucha improvisación en la construcción del poema (o al menos, así lo cuenta él): “considero correcto, también, hablar del poema en términos de reflexividad: el poema se escribe a sí mismo, se hace nacer en el propio lenguaje, por obra de su infinito fluir […] Hay mucho de sorpresa –quien lo probó lo sabe–, de hallazgo casual en el trabajo artístico”. En el poema se da “eso que Foucault denominaba, con una hermosa metáfora, el derramarse infinito del lenguaje, que es también, en lo que atañe al poema, el derramarse infinito de la tradición poética”. Veremos que ese considerar el poema presente como síntesis de la toda la tradición poética, de todo el pasado, también se extiende a la temática.
Sin embargo, la experimentación que él busca es expresiva; no veremos en él un ritmo y musicalidad tan marcadas y perfectas como en compañeros de generación como Luis García Montero y FelipeBenítez Reyes. En él la búsqueda está más en las palabras y en los conceptos que en la métrica. Lo cual no significa que la desatienda.
En cuanto a la temática, Marzal ha ido derivando hacia una exploración de la vida como única solución y recurso. El ser humano, como diría Heidegger, es un ser arrojado al mundo y a la existencia. No tiene otra solución ni otro remedio que vivirla. La vida es vista como una continua rutina, un volver a repetir situaciones que, en realidad, no tienen sentido (como el eterno retorno de Nietzsche). Y el continuo fluir de la vida y del tiempo, suponen que el presente no existe porque es una confluencia de pasado y futuro y, por tanto, no puede fijarse. El futuro no ha llegado y el pasado ya ha cambiado, de manera que no hay un presente ni un yo, fijo, inmutable o terminado. El yo es un ser en evolución, que se busca sin posibilidad de encontrarse y que se pierde o se reduce a la quimera, a la imaginación del poeta. Una postura muy existencialista como puede verse, pero también muy propia de la poesía de la experiencia que postula un yo poético múltiple, diferente en cada caso, incluso fingido. Esa falta de definición del Yo, la falta de identidad, hace posible que cada persona sea no sólo la suma de sus yoes en el tiempo sino, en realidad, cualquier persona, como nos dice en “Uno y ninguno” (del libro Los países nocturnos, 1996)
Él cree saber quién soy, y se equivoca.
Tú puedes desandar, paso por paso,
toda la historia, todos los detalles
que dibujen un rostro, pero no seré yo
quien esté dibujado en ese rostro,
aunque sea mi rostro el dibujado.
Cualquiera que no sepa de mí lo sabe todo.
Yo no sé quién soy yo, pero estoy en lo cierto.
Esta acumulación de paradojas
exige un comentario y una pausa.
(Las palabras se pueden urdir y desurdir,
hasta no decir nada, queriendo decir todo.)
Cualquier hombre es ninguno, y es legión
y es nadie y uno mismo.
Y ahora que ya lo sabes, date cuenta:
estás equivocado por completo.
Y, sin embargo, No cabe otra que continuar viviendo intentando encontrar algo que pueda evitar esa descomposición y el nihilismo que conlleva: puesto que retener el tiempo es imposible, puesto que encontrar la naturaleza del ser es imposible, nada parece tener sentido. Las vías de escape que encuentra Marzal son, la música, el amor y la memoria. A través de ellas, insistir en la vida parece necesario. El mundo, en su inexistencia inherente (pues al cambiar continuamente no “es” nunca “nada”, pero por eso mismo no cambia en su no ser como nos dice en “Las cosas han cambiado”, parece cobrar sentido precisamente por girar sin definición en torno a lo que ahora es un eje bien sólido, como su hija durmiendo en “La pequeña durmiente”.
La pequeña durmiente
No es que el mundo esté bien: es que no existe.
No hay nada alrededor:
sólo tu sueño.
Nada tiene más ley que tu abandono,
tu suave abjuración ,
la dulce apostasía que te ausenta.
No hemos fundado el mundo: nunca cambia.
Pero este cuadro es nuevo
-padre e hija-,
porque sólo el amor es diferente,
sin por ello dejar de ser lo mismo.
El anchuroso mundo, que no importa,
gravita en torno a ti: lo has imantado,
y vive irreprochable hacia tu brújula.
Lo innúmero se rinde a tu unidad sencilla.
Durmiente flor desnuda en mis palabras,
adormidera de los desencantos,
prístina amapola pálida.
Y es aquí donde se acerca a la poesía de Benítez Reyes. Adopta, como él, una postura vitalista (también como Nietzsche), aunque en ella no hay tanto una seguridad en que la vida traerá las respuestas sino que parece, más bien, una inevitabilidad. Hay que vivir porque estamos en el mundo y estamos obligados a vivir, obligados a ser.
Y, así, el poeta busca esas vías de escape que la vida le proporciona. En sus dos primeros libros, lo carnal, el goce de los placeres y la evasión del alcohol le permiten seguir viviendo. Luego llega el amor o la memoria. A través de ellos el poeta puede unir un tiempo con otro. Al no haber presente, al no poder aprehenderse algo que siempre está entre pasado y futuro, entre ya no ser y por venir, descubre también que cada momento no sólo es único, sino que reúne en él todos los tiempos. Como sucedió con el Yo, así, ahora, cada experiencia particular se transmuta en una experiencia universal que reúne en el ahora todos los tiempos y todas las experiencias similares (a este respecto, algo en Marzal parece evocar también a Kierkegaard y su idea del hombre como ser único y como unión de todos los hombres pasados, una idea que retomará después Eugenio Trías con su concepto de "variación"). Un beso es todos los besos, puesto que en ese instante se es todo el pasado, el presente y lo que será. Así podemos entender el poema “Ubi Sunt”.
Ubi
sunt
Todo está en donde estuvo, todo late
en el primer latir
de la primera aurora cautivada,
y en su cautivo corazón en pálpito.
Todo fluye
en el mismo fluir de un mismo río,
por el agua tenaz de un cauce idéntico.
¿Acaso es que no sientes en tu piel
la salvaguardia de otra piel pretérita,
las sangres centinelas de tu sangre,
las sombras que fecundan a tu sombra?
¿No sabes escuchar bajo la voz
los coros primordiales de las voces,
ni el ser de la palabra en cuanto somos,
ni el eco de vivir en lo que hablamos?
Lo que antes eran hombres hoy es tiempo,
las mujeres que han sido son del aire,
la arena vagabunda, nuestros hijos.
¿En el volar, no ves el vuelo inmune?
¿No amas, en el amar, el amor único?
A fuerza de mudarse, nada cambia;
de tanto discurrir, todo está inmóvil.
Hay una sola frente pensativa
que entiende la hermandad de cuanto existe
y en cuanto ha muerto ve lo que no muere.
¿Qué se fizieron, pues. ¿Dó los escondes?
Cierra los ojos para ver más claro
y sal fuera de ti para morar contigo.
El amor, si no es suficientemente fuerte como para dar sentido a la existencia, si crea la fantasía como para que merezca la pena vivir con intensidad como plantea, de nuevo, en “Las cosas han cambiado”, (“en el amor no había nada distinto pero sí era distinto” porque era “un juego violento al que apostar la vida”) quedando el mundo igual y sin sentido cuando se extingue (“y todo sigue en el lugar de entonces”)
Las cosas han cambiado...
Las cosas han cambiado,
y todo sigue igual que ha estado siempre.
Sabías que una vida no era lugar bastante,
para lo que una vida debía merecer,
y hoy sigue sin bastarnos.
Antes no había
lugar al que negar, no había sombra, puerto,
un más allá del viaje donde decir ya basta,
hemos dado por fin con el final del túnel,
y hoy el túnel, el puerto, la sombra y el final
están igual de lejos. Suma y sigue.
En el amor no había
nada distinto al resto de las cosas,
pero sí era distinto
ese juego violento al que apostar la vida,
y que a veces movía las estrenas,
la luz de la conciencia, y al que hoy sigues jugando,
y en él te va la vida.
Las palabras no ofrecen
la nave que abre el mundo, ni hoy ni entonces,
pero algunas palabras, al trazar una historia,
con su amarga belleza, que no nos abre el mundo,
nos lo hacen habitable.
De unos tiempos sin gloria
a otros sin gloria. Tal como sucedía
ayer, quien se equivoca no ha de volver atrás.
Sólo el orgullo nos mantiene en pie,
y el miedo a empeorar en adelante.
Las cosas han cambiado.
Y ni más sabio,
ni deseos más puros,
ni más fuerte.
Todo es igual. Han cambiado las cosas.
Nada de lo que diga importa demasiado,
y todo sigue en el lugar de entonces
Terminamos con una idea de Marzal sobre la poesía y su imposibilidad de definición: “Los poetas, la poesía y los poemas nacen y se hacen, se fuerzan y son obra de la pura casualidad, constituyen trabajo y germinación espontánea, son voluntad y azar, son impuestos por el designio de los creadores y se imponen a ellos mismos, son lo que creemos saber y también mucho de lo que no sabemos, de ahí su misterio y su grandeza, su gloria y su temblor”.
Bibliografía:
Fundación Juan March. Poética y poesía. Carlos Marzal, Fundación Juan March, 2015. (https://recursos.march.es/culturales/documentos/conferencias/antologias-poeticas/2485.pdf)
https://auladefilosofia.net/2011/05/30/carlos-marzal-metales-pesados/







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