LUIS GARCÍA MONTERO Y LA EXPERIENCIA DE OTRA SENTIMENTALIDAD / Spencer Polidori
Hablaremos hoy de Luis García Montero. De él pueden decirse muchas cosas pero, para situarlo, el lector deberá saber antes que nada que se trata del poeta vivo más leído por los lectores españoles en la actualidad. Quizás haya contribuido a ello el hecho de ser un personaje mediático, esposo de la escritora, también muy popular y mediática, Almudena Grandes, recientemente fallecida, y muy significado políticamente hasta el punto de ser, no sólo un sempiterno militante del PCE o de Izquierda Unida, sino también un articulista que ha menudo ha denunciado las políticas derechistas.
García Montero está doctorado en Filosofía y Letras con un trabajo que estudia la obra de su amigo y maestro poético, Rafael Alberti y ha impartido docencia como Catedrático de Literatura por la Universidad de Granada entre 1981 y 2008. Actualmente es director del Instituto Cervantes desde 2018
Autor largamente premiado, el primero de los premios importantes que obtuvo fue el Adonáis de poesía en 1982, dos años después del premio recibido por Blanca Andreu, a quien también tendremos que citar aquí ya que ambos fueron los dos principales nombres que, conscientemente, antes que otros y abriendo ese camino para ellos, han buscado apartarse del canon de sus “mayores”, los Novísimos y renovar la poesía en los años 80’s. Con esa obra se inicia su primera etapa como poeta, alcanzando la madurez con Habitaciones separadas (1994), uno de sus mejores poemarios. Con Un invierno propio (2011), se señala el inicio de su última etapa, que se prolonga hasta la actualidad, en la que su poesía se vuelve más narrativa y donde hay, también, una mayor intención de reflexionar sobre el propio lenguaje poético.
La importancia fundamental de Luis García Montero en la poesía del último medio siglo nace muy poco después de la recepción del Adonais, cuando, junto con Javier Egea y Álvaro Salvador firma, en 1983, un artículo, especie de manifiesto, que aparecido en el diario El País (1).
Luego, este artículo se convirtió en prólogo de un libro llamado “La otra sentimentalidad” (2), del cual tomará nombre el movimiento. Se trata de un documento donde expone la poética que fluye de manera subterránea por debajo de las propuestas personales de cada uno de estos tres poetas y que quiere ser una nueva manera de concebir la poesía y, a su vez, una llamada a que los nuevos poetas sigan esas premisas. Si se lee detenidamente (si no se hace así uno se pierde un poco en él y no tiene muy claro el rumbo de hacia donde va la cosa), se descubren en ese escrito apenas un par de propuestas pero que resultaron, a la larga, completamente revolucionarias:
La primera es la idea de que la poesía siempre se ha tenido por una imagen fiel de los sentimientos del poeta, un acto de confesión sincera, pero esto, “lo poético como acto de sinceridad” es “mitología”. Siguiendo esta falsa creencia, la de que la poesía es la transmisión de emociones reales expresadas fielmente o, como dice Montero en el manifiesto “confesión directa de los agobiados sentimientos, expresión literal de las esencias más ocultas del sujeto”, la poesía ha derivado históricamente en dos ramas “que son en realidad las dos cabezas de un mismo dragón: la intimidad y la experiencia, la estilización de la vida o la cotidianización de la poesía”. Es decir, que unas veces el poeta saca a la luz sus sentimientos más ocultos usando fórmulas retóricas como estrofas y rimas y, otras veces, la realidad cotidiana sale al encuentro del poeta conmoviéndole. Con esta bicefalia, Montero estaba aludiendo a las dos tendencias imperantes en el momento de la redacción del manifiesto: la poesía realista de los de la “generación del 50” y la poesía garcilasista, culturalista y trabajada a cincel fino de los Novísimos. Sin embargo, tanto la que buscaba la belleza formal como la que perseguía la el verso sencillo y el lenguaje llano, para Montero, no hacían mas que trabajar el exterior del poema, mientras que en ambos casos el fondo “la vieja sensibilidad”, era la misma. Es decir, no eran más que dos formas distintas de trabajar la inspiración venida de los sentimientos profundos del poeta.
Con esto se olvidaba que “el poema es también una puesta en escena, un pequeño teatro para un solo espectador”.
Paro aquí porque esto me recuerda el célebre poema Autopsicografía, del gran Pessoa y del que no me resisto a citar aquí su primera estrofa que es a la que aludo:
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente.
En suma, Montero propone que percibamos ese fingimiento. El poema no refleja un sentimiento verdadero: “la poesía es mentira -en el sentido más teatral del término.” Nos dice Montero. Y sólo sabiendo esto y “tomando distancia”, el poeta puede empezar a escribirla de verdad. Sigue Montero: “es preciso aceptar que la literatura es una actividad deformante, y el arte de hacer versos, un hermoso simulacro”. Y aboga por “una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida”. Hay que construir, dice, una “nueva sensibilidad”. De ahí que a esta poesía se la llame “la otra sensibilidad” o “la nueva sensibilidad”.
La segunda idea es que la poesía es un hecho histórico y tiene un papel histórico. Así, cita a Garcilaso que, “frente a la servidumbre feudal de la Edad Media, la burguesía incipiente ofreció una subjetividad desacralizada”, rompiendo con el servilismo medieval de señores y vasallos, “la poesía jugó un papel decisivo en la delimitación de esa nueva humanidad laica”. No le falta razón a García Montero porque tan asustados quedaron algunos grupos influyentes de la época de Garcilaso que, no pudiendo competir con su fama (y no teniendo contra quien enviar a la Inquisición porque Garcilaso había muerto cuando se publicaron sus poemas), sólo pudieron facilitar y potenciar un tipo de poesía que remedaba los versos de Garcilaso pero “a lo divino”, intentando devolver la renovación formal garcilasiana al modelo moral feudal (sin conseguirlo, claro).
Dicho esto, que como base teórica está muy bien, las propuestas reales en las que se tradujo esta nueva tendencia de poesía a la que también se bautizó como “poesía de la experiencia”, a veces a pesar de alguno de los autores fundadores, pueden ser enumeradas de modo algo más concreto:
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| Obra ganadora del Adonais (1982) |
En primer lugar, como resultado inmediato de lo anterior: la aceptación de que la poesía es literatura y, por tanto, artificio, no tiene que obedecer obligatoriamente a las emociones reales del poeta en cada momento. De ahí que la poesía pueda convertirse, a veces, en argumental, contar una historia, no sólo describir un sentimiento. De ahí también que el Yo del poeta sea múltiple. Es decir, puede haber un Yo sentimental, un Yo irónico… en suma, el Yo del poema es un “personaje” como en las novelas y no tiene por qué obedecer a la imagen real del poeta. Hay, por tanto, una ficcionalización del Yo. Esto contribuye, a su vez, a que el Yo del poema exprese una situación, historia, emoción o pensamiento individual (a veces también autobiográfica realmente, por qué no), pero que intenta resultar “útil” y convertirse en un ejemplo que el lector puede hacer suyo, sentirse identificado y haber experimentado situaciones o emociones parecidas. En suma, es un Yo individual y colectivo (e incluso universal, si se quiere), a la vez.
Aparte de estas características, directamente derivadas del manifiesto, la poesía de García Montero y sus dos colegas también es una poesía cuidada estéticamente, con buen trabajo del ritmo y la acentuación en el verso libre o incluso adoptando fórmulas clásicas (como la copla a la muerte de un colega compuesta a la manera manriqueña).
Se abandonan, sin embargo, las imágenes surrealistas en aras de esa funcionalidad de ser un Yo múltiple con el que se pueda sentir identificado el lector.
Al distanciarse de su propia sentimentalidad, el poeta puede utilizar la ironía y el humor incluso.
El paisaje urbano se hace patente. Aparece como escenario casi absoluto, envuelve la poesía y participa de ella a veces como un personaje más. Muchas veces en el paisaje se integran también elementos muy simbólicos y alegóricos, como la “lluvia”, el “frío”, el “humo”… Junto a ese paisaje urbano, los objetos más cotidianos, no sólo los industriales y los avances tecnológicos, que también agradaban a los Novísimos. Como “animal urbano” y contemporáneo, el poeta también usa del lenguaje más actual, con coloquialismos, dialogismos y frases hechas. Además, también aparecen elementos de la cultura popular como los programas de TV, los cómics…
Se regresa a la poesía íntima, erótica, a veces carnal.
Así es la poesía de la experiencia que practicaba García Montero, Egea y Salvador y a la que se fueron sumando otros que también han resultado grandes poetas, como Felipe Benítez Reyes y Carlos Marzal y, más tarde, Jon Juaristi y Benjamín Prado. Incluso el propio Luis Alberto de Cuenca, que comenzó como Novísimo, ha ido virando a una poesía mucho más próxima a la poesía de la experiencia, cuyos signos pueden registrarse ocasionalmente también en otras voces, tal vez más personales como Colinas o Joan Margarit.
La poesía de la experiencia perduró como postura hegemónica durante todos la década de los ochentas y parte de los noventas.
(1) https://elpais.com/diario/1983/01/08/opinion/410828412_850215.html
(2) https://luisgarciamontero.com/libro/la-otra-sentimentalidad/








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