LA POÉTICA DEL SILENCIO DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE / Spencer Polidori
Nos adentramos hoy en la poesía de José Ángel Valente.
Para empezar, tendré que pedir disculpas. La poesía de Valente es, en primer lugar, copiosa. Sus obras completas reúnen un buen número de obras que hacen de él un escritor prolijo que ha escrito tanto poesía como narrativa breve y ensayo y, por si fuera poco, con obra en gallego y en castellano. Eso, sin tener en cuenta sus traducciones. Las repasamos:
· A modo de esperanza, Madrid, Adonais, 1955 (Premio Adonais 1954).
· Poemas a Lázaro, Madrid, Índice, 1960 (Premio de la Crítica 1961).
· Sobre el lugar del canto, Barcelona, Colliure, 1963.
· La memoria y los signos, Madrid, Revista de Occidente, 1966. Reeditado por Huerga y Fierro editores, 2004.
· Siete representaciones, Barcelona, El Bardo, 1967.
· Breve son, Barcelona, El Bardo, 1968.
· El inocente, México, Joaquín Mortiz, 1970.
· Presentación y memorial para un monumento, Madrid, Poesía para Todos, 1970.
· Las palabras de la tribu, Ed. Siglo XXI, 1971
· Punto cero, Barcelona, Barral, 1972 (poesías completas).
· Interior con figuras, Barcelona, Ocnos-Barral, 1976.
· Material memoria, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1979.
· Estancias, Madrid, Entregas de la Ventura, 1980.
· Tres lecciones de tinieblas, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1980 (Premio de la Crítica).
· Sete cántigas de alén, La Coruña, Ediciós do Castro, Edición de Andrés Sánchez Robayna, colección Narrativa1981 (poesía en gallego, ampliada luego con el título Cántigas de alén, 1989).
· El fin de la edad de plata 1973
· Mandorla, Madrid, Cátedra, 1982.
· Nueve enunciaciones, Málaga, Begar, 1982.
· El fulgor, Madrid, Cátedra, 1984.
· Al dios del lugar, Barcelona, Tusquets, 1989.
· Treinta y siete fragmentos, Barcelona, Ambit Serveis, 1989.
· No amanece el cantor, Barcelona, Tusquets, 1992.
· Fragmentos de un libro futuro, Barcelona, Círculo de Lectores, 2000 (Premio Nacional de Literatura).
· Hibakusha, edición al cuidado de Nieves Agraz y Javier Carmona. Ediciones Jábega 1997.
· Palais de Justice, Edición de Andrés Sánchez Robayna. Galaxia Gutenberg, 2014 (de acuerdo a los deseos del poeta, fue publicado solo después de la muerte de su primera esposa, Emilia Polomo, acaecida el 05 de marzo de 2013)
En segundo lugar, la poesía de Valente es compleja. Se sustenta sobre la filosofía de tradición greco-latina, oriental y místico-renacentista, además de haber bebido de pensadores contemporáneos como Cioran y de poetas como Eliot, Mallarmé o Paul Celan. Por eso, es inevitable que lo que vaya yo a exponer aquí tenga que ser entendido sólo como un esbozo a trazo grueso y sin matices de lo que significa su obra, ya que la exploración en la misma nos iría ampliando la visión y los detalles de la obra pero también nos haría extendernos muy por encima de lo que podemos hacer aquí. Así pues, debe comprenderse de entrada que lo que apuntamos a continuación es sólo un intento de poner un marco general a la poesía de Valente para empezar a entenderla y que, a partir de ahí, habría que abordar un buen número de sus poemas y de los estudios que se han elaborado sobre su poética (incluso los del propio autor) para ver claramente todos los meandros y complejidad que tal marco referencial oculta.
Dicho esto, podríamos comenzar por atender a la cuestión del encasillamiento del poeta en una generación a la que sólo pertenece por edad y no por estilística. Desde el principio, Valente no fue un poeta que apuntara el más mínimo interés por el realismo social a pesar de haber tenido problemas con el régimen franquista por su cuento El uniforme del general, por el que fue sujeto a un consejo de guerra en 1972 acusado de alusiones ofensivas al ejército.
Sus intereses fueron, algunos dicen que desde 1966, con su cuarto poemario, otros que desde el segundo, en 1960, orientándose hacia otro tipo de poesía alejada de los postulados de sus mayores de generación. Así pues, aunque en Sobre el lugar del Canto, su tercer poemario, publicado en 1963, Valente quiere dar cierta validez a la poesía social y la concepción del lenguaje como valedor del conocimiento y herramienta creadora, también es verdad que no es tanto una adscripción a las tesis de la generación del 50 tanto como una aceptación de un punto de partida para dar una continuidad ante la constatación de que se necesitan renovar, sin negarlas, esas concepciones. Mi consideración es que Valente estaba tomando posiciones, aceptando lo que de la poética o poéticas anteriores le podía resultar útil, pero no siguiendo a sus mayores.
Lo que está claro para todos es que a partir de sus primeras obras y, con mucha autoridad y madurez ya en 1979 con su obra Material Memoria, el poeta descubre sus dos líneas maestras sobre las que basará toda su obra:
- La obra literaria no sirve tanto para comunicar como para conocer y conocerse a sí mismo. Es a través del lenguaje la manera en la que el poeta puede descubrir realidades invisibles o que fluyen por detrás de lo aparente.
- La poética del silencio, que él resume en la muchas veces repetida frase: “Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio. Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como materia natural. Poética: arte de la composición del silencio. Un poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio”
Resumiendo al máximo, podríamos explicar que la poesía es, para Valente, un medio de conocimiento de la realidad más real, la que está por debajo de la apariencia de realidad. Para el poeta, el hombre está abocado a la nada y la existencia no tiene, en sí, más sentido que estar. La vida no es un avanzar hacia la muerte, sino una huida del nacimiento, un escaparse del ser, para entregarse a la Nada, a la inexistencia, al vacío. La poética del silencio tratará de que el lenguaje exprese ese deseo de acabamiento, de desaparición en la nada, de ser tragado por ella, porque sólo desde la oscuridad puede haber una nueva luz, un nuevo comienzo. Valente hace referencia, en cierto ensayo, a San Juan de la Cruz y su “noche oscura del alma”. Pero, en realidad, son distintos símbolos los que en Valente hacen referencia a la muerte y al vacío del ser: el pájaro, por ejemplo, uno de los más llamativos, porque suele ser un signo positivo. Valente lo elige, quizás, como representante del alma que quiere regresar al origen (algo que sería platónico si ese origen se entendiera como el mundo de las ideas, o lo trascendente, como ciertamente podría entenderse en ocasiones) a su extinción. También el sexo, como en el poema Mandorla.
Mandorla
Estás oscura en tu concavidad
y en tu secreta sombra contenida,
inscrita en ti.
Acaricié tu sangre.
Me entraste al fondo de tu noche ebrio
de claridad.
Mandorla.
La “mandorla” o visica piscis es el lugar donde se ubica en la iconografía medieval el Pantocrator o la virgen madre con el niño. Es un espacio cerrado y sagrado donde no hay realidad o materia, sino sólo espiritualidad (o vacío, con lo que se identifica) El poeta se deja hacer y no penetra, sino que es “entrado” por la mandorla cuando se encuentra “ebrio de claridad”, colmado de luz. Valente invierte los valores platónicos del mito de la caverna: lo que para Platón era la claridad, el ascenso del filósofo liberado al mundo real, pera Valente es un dejarse atrapar por el mundo de la apariencia y sólo en la oscuridad de la cueva, en el silencio de lo profundo, como insinuará también en otros poemas sobre Ícaro, hecho uno con la oscuridad, se puede “dejar de ser”, eliminar el manto de racionalidad de las cosas y presentarse ante lo invisible, lo místico.
No detenerse.
Y cuando ya parezca
que has naufragado para siempre en los ciegos meandros
de la luz, beber aún en la desposesión oscura,
en donde sólo nace el sol radiante de la noche.
Pues también está escrito que el que sube
hacia ese sol no puede detenerse
y va de comienzo en comienzo
por comienzos que no tienen fin.
“El que sube hacia ese sol” es una clara alusión a Ícaro, que también aparece en un poema claramente dedicado al hijo de Dédalo y titulado con su nombre.
Ícaro
Sobre la horizontal del laberinto
trazaste el eje de la altura
y la profundidad.
Caer fue solo
la ascensión a lo hondo.
Volviendo a “mandorla”, a la interpretación ya alcanzada tenemos que sumar el otro plano: el lenguaje necesario para expresar la poética del silencio. Valente pretende que el lenguaje se aleje de lo referencial. El lenguaje no apunta con el dedo a lo real, como para San Agustín, sino que fabrica en el poema su propio significado. Las palabras del poema no tienen por qué tener un sentido ajustado a lo que hay fuera del poema, sólo a lo que hay en su interior. Así, podemos plantearnos qué es la mandorla en este nuevo sentido. La clave la da el verso “Acaricié tu sangre”. En este poema, el Yo poético habla a un tú: “estás oscura…”, que es la mandorla, algo “cóncavo”, nos dice el poeta y “contenido” es decir, delimitado, con forma oval, como las mandorlas. La mandorla es, pues, el sexo femenino. El poeta recibe el sexo que le “entra” (no es él el que penetra) borracho de claridad, extasiado, quizás en la primera luz de la mañana, esa claridad. Pero también ebrio (lleno) de una sustancia clara (¿el semen?). El poema, bajo este prisma, cobra dos sentidos: uno místico y otro sexual: el penetrar en el espacio místico y hacerse uno con él y el del coito. Sin embargo, ambos son uno.
Dice Valente de este poema suyo: “Es un poema de amor. En él está plenamente recabada la sacralidad del eros que sustenta muchas vivencias capitales en formas […]. Lo sagrado y lo erótico coinciden. […] Sólo en un entendimiento sin quiebras de esa perspectiva pueden considerarse los 17 poemas que integran la primera sección del libro ‘Mandorla’”. Fin de la cita.
Mística y sexualidad o erotismo como uno solo. Así debe entenderse la poesía de Valente: lo místico y lo carnal están ambos constituidos por la misma materia, la misma esencia. Y ambas cosas nos llevan a la destrucción, al vacío, a la muerte, a la nada. Al instante en que se elimina todo Yo y sólo queda la unión con el todo, desde donde se renace de nuevo (en francés, al coito le llaman eufemísticamente, “la pequeña muerte”, como es bien conocido)
Esa es la poesía del silencio de Valente. Cada vez más concisa (hasta llegar al haiku), porque cada vez menos palabras son más precisas para no nombrar lo que realmente sucede por detrás del poema y mientras se nos habla de la nada, de la muerte, del fracaso de la memoria…) Así, en “El Crimen”, no hay asesino, nadie ha matado al Yo narrador, tal vez ha sido la nada, o la vida misma
El Crimen
Hoy he amanecido
como siempre, pero
con un cuchillo
en el pecho. Ignoro
quién ha sido,
y también los posibles
móviles del delito.
Estoy aquí
tendido
y pesa vertical
el frío.
He sido asesinado.
(Descarto la posibilidad del suicidio).
La noticia se divulga
con relativo sigilo.
El doctor estuvo brillante, pero
el interrogatorio ha sido
confuso. El hecho
carece de testigos.
(Llamada de portera,
dijo
que el muerto no tenía
antecedentes políticos.
Es una obsesión que la persigue
desde la muerte del marido.)
Por mi parte no
tengo
nada que declarar.
Se busca al asesino;
No hay pruebas
contra nadie. Nadie
ha consumado mi homicidio.
No obstante, la muerte, la nada, el vacío, no es el final. Siempre, como en Nietzsche, hay un eterno retorno de la vida
Cuando
ya no nos queda nada,
el vacío de no quedar
podría ser al cabo inútil y perfecto.
O como en “Quedan”
Quedan
Singbarer rest
(Paul Celan)
QUEDAR
en lo que queda
después del fuego,
residuo, sola
raíz de lo cantable.
(Fénix)
Esa alusión al Fénix que renace de las cenizas es, en suma, una nueva manera de aludir al re-nacimiento.
Y, ahora, la pregunta es la siguiente: ¿Valente descubrió este tema de la Nada como visión de la desaparición de lo real y origen de una nueva realidad o de un renacimiento con el tiempo o, por el contrario, estaba presente, siquiera de manera embrionaria, desde sus orígenes como poeta?.
Vamos a ver el primer poema que un lector de la época podría haber leído de Valente. Es el poema que abre, lógicamente, su primero poemario:
Serán ceniza…
Cruzo
un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay
una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco
esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque
sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.
Si nos fijamos, y eso era lo que intentaba probar desde el principio, en la primera poesía de Valente ya se aprecian algunos elementos que demarcarían su poesía futura: El corazón tiene “estallidos” de su materia o de su nada (carnalidad y mística); asegura que no hay “ni un solo pensamiento capaz contra la muerte”, aunque el amor (“esta mano al fin que comparte mi vida”) venga a ser lo único que puede salvarnos del desastre de la inexistencia absoluta. Aunque sea ceniza lo único que me transmite esperanza o, lo que es lo mismo, a modo de esperanza sólo cabe confiar en la nada, saber de la nada, dejar que te penetre o te engulla, aceptar, en suma, la entrega a la nada, el silencio, como única manera posible de vida.
Desde su primer verso, Valente une materia y nada y nos avisa de la inexorabilidad de la muerte y de la única vía de escape a la destrucción, al olvido que supone la desolación.
Y eso, poco más o menos, es el hilo de Ariadna de donde tirar para indagar en la poesía de Valente.








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