INFANCIA Y EXPRESIÓN COMO RASGOS DE LA POESÍA DE CARLOS SAHAGÚN / Spencer Polidori

 


  Carlos Sahagún nace en Onil, Alicante, en 1938. Publicaba su primera obra con diecisiete años con el poemario Hombre naciente (1955), al que, como hemos dicho, renunciaría con el tiempo. Así, eso nos deja en 1957, cuando nuestro poeta gana con 19 años el prestigioso Premio Adonais con Profecías del agua, que se publica al año siguiente. Le sigue Como si hubiera muerto un niño (1961), que había obtenido el Premio Boscán el año anterior.

A partir de entonces sus publicaciones se hacen menos frecuentes, hasta tal punto que sólo volvió a publicar otros dos títulos nuevos en vida: Estar contigo (1973), distinguido con el Premio Juan Ramón Jiménez, y Primer y último oficio (1979), que le valió el Premio Nacional de Literatura.

Para tener sus obras completas habría que añadir la recopilación, Memorial de la noche (1976) y una antología de poemas amorosos, Las invisibles redes (1989).

El nombre de Carlos Sahagún ha aparecido habitualmente en la lista de los que componen la nómina de poetas de la “Generación del 50”. Pero no siempre ha sido así. De hecho, en la canónica antología de Juan García Hortelano, por mucho que miremos, no aparece. Sin embargo es uno de los únicos cinco nombres que elige Francisco Ribes para su Poesía última -otra de las antologías más citadas-, en la que aparece junto con Eladio Cabañero, Ángel González, Claudio Rodríguez y José Ángel Valente.

Lo cierto es que, por nacimiento, Sahagún es el más joven de los poetas de esta generación, si es que pertenece a ella. El listado de Hortelano incluía a poetas nacidos entre 1925 (Ángel González) y 1929 (Valente y Gil de Biedma) en su mayoría, con las excepciones de Francisco Brines (1932) y Claudio Rodríguez (1934). Sahagún nace en 1938 y es cuatro años menor que Rodríguez y 14 menor que González. No puede sostenerse demasiado bien la inclusión en esta “generación”, aunque la llamemos con otros nombres como “Segunda Generación Poética de la Posguerra” como hace Carlos Bousoño. Sin embargo, es cierto que la fecha de publicación de sus primeros poemarios coincide con las de otros poetas de esta generación (por ejemplo, Ángel González publica su primer poemario, Áspero Mundo, en 1956) Barral publica Las Aguas Reiteradas en el 1952, Goytisolo El Retorno en 1955… por lo que podemos, por sensibilidad, dar por sentado que es cercano a estos autores y miembro del mismo grupo.

Como la antología de Ribes aporta una pequeña poética escrita por cada uno de los autores incluidos, vamos a seguir la concepción de la poesía que el propio Sahagún tiene para clarificar su obra.

Para este poeta, “el origen del poema no reside en un acto voluntario y plenamente consciente”, sino que, “en un principio sólo existe el ritmo” y una “serie de visiones emotivas” que sitúan al poeta, de pronto, frente a la memoria o una imagen del pasado. Así, el poema evoluciona. Unas veces fluye hasta el final, otras se detiene y se ha de volver a él tiempo después. Finalmente, el poeta va rellenando, ya más conscientemente, los huecos. Es una poética en las antípodas de la de Luis García Montero, que de principio a fin habla del control del poeta sobre el poema. No obstante, “ese trance creador se caracteriza porque en él no se pierde todo el control”, nos dirá Sahagún. El poeta debe luego acomodar la forma al fondo, el verso a la emoción, lo dicho a lo que se quería decir. La finalidad para el poeta es, sobre todo, “la afirmación de sí mismo”. Es decir, frente a “comunicar” emociones y sentimientos (lo cual es apenas posible porque tendría que producir en el lector “una reacción psíquica instantánea lo más similar posible a la del autor”, nos doce Sahagún que “al poeta no le importa la comunicación […]. Lo verdaderamente importante para él es esa afirmación de sí mismo”, que le hará conocer la realidad “desde otras perspectivas”. Es decir, ante el fracaso seguro que supone comunicar, el poeta busca “expresar”.


Por eso, dice también Sahagún que al poeta no puede exigírsele “un compromiso”, salvo, puntualiza “el de la autenticidad”, dado que sólo busca expresarse, el poeta ha de ser fiel a lo que busca expresar. Crear poesía “social” porque esté de moda y así pueda llegar a más gente es un engaño en el que no debería caer el poeta, afirma, tal vez desmarcándose de la poesía social-realista de los “mayores” del 50 o, tal vez, de la poesía social de la generación del 36


Hecha esta reflexión sobre la poesía en general, Sahagún se mira él mismo y nos dice que sus poemas son el resultado de una “revisión de creencias”. No son del todo autobiográficos (asegura), pero sí lo es la experiencia personal que está en el núcleo del poema al que ha dado origen.

 

 


La poesía de Sahagún, por eso, mira a la infancia. Los niños, el niño que él mismo fue, es tema principal de su obra. Hacia los 13 años, dice, “se cierra el ciclo armónico del mundo infantil”. Afirma que Dios era para él como su interlocutor; aquél a quien formularle las grandes preguntas. Sin embargo, a esa edad es el momento en el que las primeras preguntas que quedan sin respuesta suponen una quiebra y un desencanto de Dios una “desazón primera” a la que se suman el descubrimiento de lo erótico. Así pues, “la poesía surgió como una necesidad, diríamos biológica, de expresión”. Se trataba de ponerse en relación con el mundo exterior y “sentirnos esenciales”, después de “la pérdida de nuestras primeras apoyaturas”. Una necesidad de relación que durante la adolescencia se intenta a través de “impulsos vergonzantes” tales como la “fama” o “el querer hacer algo distinto de los demás” que le provocan luego un sentimiento de culpabilidad (“distinto del sentimiento del pecado”, puntualiza) que se dispara en dos direcciones: contra el propio sujeto o acusando a Dios.


Por tanto, el sujeto adulto ha perdido la inocencia, se siente culpable por ello o culpa a Dios por no haber podido responder a todas las preguntas como cuando era niño. Puestos en esto, es fácil comprender que, para Sahagún, el mundo de la infancia se convierte en “algo auroral y puro”, opuesto al mundo adulto.


Así, dice ñel mismo que cree que su poesía es “negativa y desorientada”. En ella, el hombre se manifiesta como “hombres tristemente abandonados, huérfanos incluso de nosotros mismos” lo cual, sorprendentemente, para Sahagún posee “un valor de testimonio” y de “denuncia social”.


Hasta aquí la auto-poética de Sahagún. Por mi parte, creo que es evidente que no nos engaña. Sahagún cuida el ritmo y las palabras, parte de anécdotas y vivencias para crear el poema, que desarrollará luego como una imagen de ese mundo añorado de la infancia perdida. La poesía de Sahagún es como una evasión hacia la infancia, hacia un mundo donde verdaderamente fue feliz, pero sólo para constatar que es un mundo evocado, un mundo irrecuperable y sin posibilidad de rescate.


 
Dicho esto, creo que es fácil rastrear estas características en los poemas que vamos a proponer a continuación:



Un niño miraba el mar

De tierra adentro tu ancho corazón,
tu estar serena. ¿Pero has visto el mar?
Te contaré que soy el mar y puedes
creerme. Allá en mi patria, cuando había
un niño solo junto al mar, viniste.
Como la ola de la playa, alegre
entrabas por mi corazón, lo mismo
que la ola en la playa. Y era yo,
con mis castillos en la arena, era
yo quien te recibía y te ponía
nombre de ave. Con el agua azul
te bautizaba: «’Tú serás la flor,
la golondrina que va y viene». iCómo
voló tu corazón en torno mío!
De mar adentro. Y ya te conocía,
pluma de ave que se va, campana
que ahora suena. Es ahora. ¿y aún no has visto
el mar? Yo soy el mar. Puedes creerme.
Como la ola de la playa, puedes,
debes creerme así. Vuelen tus alas,
sufra la luz el roce de tu cuerpo,
y yo en lo hondo de tu cuerpo viva,
hondo muchacho que una tarde buena
se acercó a ti, se emocionó a tu lado.


Aquí empieza la historia

Aquí empieza la historia. Fue una tarde
en que se habían puesto las palomas
más blancas, más tranquilas. como siempre
salí al jardín. Alrededor no había
nadie: la misma flor de ayer, la misma
paz, las mismas ventanas, el sol mismo.
Alrededor no había nadie: un árbol,
un estanque, ceniza en aquel monte
lejano. Alrededor no había nadie.

Pero, ¿qué es este viento, quién me coge
el corazón y lo levanta en vilo,
y lo hunde y lo levanta en vilo? Una
muchacha azul en la orfandad del aire
ordenaba los pájaros. sus manos
acariciaban con piedad el árbol,
y el estanque, y aquel lejano monte
ceniciento. El jardín ardía al sol.

La miré. Nada. La miré de nuevo,
y nada, y nada. Alrededor, la tarde.


Claridad del día

Te digo que ésta ha sido la primera
vez que amé. Si la tierra que ahora pisas
se hundiera con nosotros, si aquel río
que nos vigila detuviera el paso,
sabrías que es verdad, que te he buscado
desde niño en las piedras, en el agua
de aquella fuente de mi plaza. Tú,
tan flor, tan luz de primavera, dime,
dime que no es mentira este milagro,
la multiplicación de mi alegría,
los panes y los peces de tu pecho.
Contéstame. No quiero hablar yo solo,
estar -yo solo- alegre. Te amo. ¡Fuego,
la mañana hace fuego y nos golpea
los corazones! Levantémoslos
arriba, siempre arriba. Alguien nos lleva,
alguna mano pura nos empuja.
Aire en el aire, iremos a aquel monte.
Cristal en el cristal más limpio, un día
nos miraremos hasta emocionarnos.
Y ya lo estamos como nunca. Dame
la mano. Si me dices que eche al río
mis versos, yo los echaré, si quieres
que arranque aquella flor y te la traiga,
te la traeré. Pero anda, ven conmigo.
¿Ves un pinar allá a lo lejos? Vamos.
Ya todo es nuestro: el buen camino, el árbol,
la generosa claridad del día.


Hacia la Infancia

Pero su cuerpo inolvidable y joven
¿dónde se ha ido, para qué se ha ido?
A la puerta hay un niño, madre, ahora
es el momento, no le dejes nunca
crecer. ¡Aquel caballo de cartón
que no galope, aquellos ojos míos
que sólo miren las estrellas! Pienso
que nada más tu caridad, tus manos
candeales de madre me podrían
salvar. Fácil sería abrir las puertas
de mi infancia y entrar a aquel jardín.
Las puertas… Y las abro, y veo un niño
con los zapatos rotos en la arena,
aprendiendo a sumar Cierra sus libros,
dile que hizo mal las cuentas, pero
que no importa, que el oro de los árboles
se ha derramado porque él es un niño.
¡Que no llegue a saber nada, que el alma
la tenga intacta siempre y siempre a prueba!
Ya la ciudad del niño queda a mucha
distancia, y todo lo que he andado ha sido
mortal y poderoso. Pero es pronto.
Aún podría volver yo allí y mirando
-a la hora del jardín- la flor de entonces,
la que creció sobre mi propia historia,
olvidaría, sé que olvidaría.



Comentarios

Entradas populares