ANA MERINO / Spencer Polidori
La poetisa que propongo revisitar hoy es una de las voces que han sido mejor valoradas de la llamada “Generación del 2000” (¡ya estamos con las etiquetas generacionales!). En realidad, también es una de las voces jóvenes que más lealtad ha mantenido a la creación poética, como veis por el largo número de obras, aunque últimamente haya trabajado también la prosa con gran éxito.
Ana Merino Norverto es hija del escritor leonés José María Merino, pero ha entrado en la historia de la literatura española por méritos propios. Nació en Madrid en 1971, vivió largas temporadas en León durante su niñez. Estudió un año de su carrera en la Rijksuniversiteit de Groningren, Paises Bajos, y se licenció en 1995 en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid.
Vivió en Columbus, Ohio, entre 1995 y 1997, mientras enseñaba en el departamento de español de la Ohio State University y estudiaba un master en litera
tura Española y Latinoamericana. Actualmente está terminado su doctorado en la Universidad de Pittsburgh donde también enseña.
Es Especialista en teoría y análisis del cómic.
En 1994 obtuvo el Premio Adonais con su libro Preparativos para un viaje. A partir de ahí, ha publicado los libros de poesía: Los días gemelos, Madrid, Visor, 1997, La voz de los relojes, Madrid, Visor, 2000, Juegos de niños, Madrid, Visor, 2003 (Premio Fray Luis de León), Compañera de celda, Madrid, Visor, 2006. Cell Mate (traducido al inglés por Elizabeth Polli), Harbor Mountain Press, 2007, Curación, Madrid, Visor, 2010 (Accésit Premio Jaime Gil de Biedma), Hagamos caso al tigre, Madrid, Anaya: Sopa de libros, 2010, El viaje del vikingo soñador, Madrid, Santillana, 2015 y Los buenos propósitos, Madrid, Visor, 2015
También ha escrito teatro y narrativa, entre otras obras la novela El mapa de los afectos. (Premio Nadal 2020)
La poesía de Ana Merino retoma el camino, sin quererlo realmente, donde lo deja Carlos Sahagún. Si éste poeta tenía como tema principal la infancia y la consideraba un espacio (y un tiempo) áureo para lamentarse por no poder volver a él, lo que hace Ana Merino es reflexionar sobre las consecuencias que produce la pérdida de la infancia. Para Ana Merino la infancia es, también un espacio deseable y que se ha abandonado por el tiempo y por las circunstancias y “viajes”, interiores y exteriores, a los que se ha visto forzado el sujeto poético. ¿Qué ha ocurrido entonces?¿Qué han supuesto para el sujeto esos viajes? Lo que han supuesto es una pérdida de identidad.
El hecho de tener que adaptarse a cada paisaje nuevo, a cada nueva circunstancia nueva (en el caso de Merino, además, a países y trabajos nuevos, ya que ha cambiado mucho de residencia y trabajo a lo largo de su vida) ha forzado al sujeto a convertirse en un ser maleable, poco denso, a habitar en un espacio a medio camino entre una cultura y otra, entre el pasado y el futuro, entre un hábito y el opuesto. Ese ser liminar y, casi nos atrevemos a decir “líquido”, no puede, entonces, encontrar un Yo real, fijo, estable, algo a lo que pueda llamar “identidad” y se diluye en múltiples “yoes” en los que no se reconoce.
Así, en el poema “Carnaval” dirá “he pensado en cómo ser / y no soy capaz de ser yo / sin disfrazarme”. Si seguimos explorando veremos otras muestras de esta misma temática de disolución del yo en su poesía:
¿De dónde soy?
Soy de lo que leo,
estanterías viejas
de libros y selvas,
páginas de tierra ensangrentada
por los disparos que agujerean las paredes
y le cierran los ojos a la vida.
¿Dónde está mi geografía,
mi pedazo de mundo?
No siento la patria,
ninguna historia se escribe con mayúsculas,
sólo un susurro extraño
de ventilador y horas inmóviles,
tardes prostituidas,
negocios sudorosos
y las manos atadas a la espalda.
Y aun en este otro:
Mi otro yo se refleja
en el escaparate
de una ciudad vacía.
en sus pisadas viejas
de cementerio recién regado.
Mi otro yo se dobla
con las esquinas,
y desaparece suspirando
sobre las lápidas.
El silencio se perfila
en los besos de unos labios invisibles,
y mi otro yo,
se detiene y me espera
al final de la calle,
detrás de otra memoria
El “otro yo”, que es muchos “yo” o ningún “yo” reconocible, sino sólo especular, se “dobla”, se “refleja” “y desaparece” “detrás de otra memoria”, en pos de ella.
Parece, pues, que la maduración, el cambio y el viaje o el exilio (aunque sea laboral, como cuando trabajó en Holanda o en Ohio), suponen un “ir desdibujándose” o “perderse”, como en "Carta de un náufrago", esperando que haya alguien que diga “se ha perdido”.
Carta de un náufrago
Con el consentimiento de la nieve
caminaré despacio.
Alguien habrá que espere junto al fuego
y yo, que estaré ciega por el frío,
haré paradas breves,
sacudiré el paraguas y empezaré de nuevo.
El único secreto es no sentirse
inmensamente lleno de verdades.
No aceptar nunca las invitaciones
que la neblina
sugiere al anidar con sus disfraces
de paisaje feliz, de grandes sueños.
Alguien habrá que diga, se ha perdido,
alguien saldrá a buscarme,
y llevará el calor de una botella
donde podré mandarte este mensaje.
Por eso sólo quiere “quedarse en casa”.
Quedarme en casa,
sumergida en los pliegues de las horas,
y no esperar a nadie.
Que los ojos escuchen
y se olviden del mundo.
Que me arrope el silencio
y respire en mi nuca
su suave indiferencia.
Que vivir sea esto,
sin palabras de aguja
ni rodillas de llanto,
con el tiempo desnudo al borde de la cama
y mi boca dormida en su tímido beso.
El lunes se convierte en metáfora de la actividad rutinaria, laboral, diaria. Aquella que obliga a madurar y, por tanto, a perder la identidad.
Que te devuelvan el tiempo de los lunes
y los hagan festivos en tu agenda
para que la semana no te pese tanto
y puedas sentir los dientes de las calles
mordisquear con ternura
el último tramo del domingo.
Que te devuelvan las horas de los lunes
y las puedas guardar entre las sábanas
para que la ciudad se duerma en tu regazo
y se llenen de ti los que te miran.
Que te traigan el ritmo de los sueños
y los puedas bailar,
que la luz de tu abrazo
se guarde algún secreto.
Que los lunes se aprendan
de memoria tu cuerpo.
Que no le falte nada a tu universo
porque el dios de la noche
el lunes descansó
para esperarte.
Así pues, la infancia, por oposición, se convierte en el lugar donde encontrarse a uno mismo era sencillo, donde uno sabía quién era, identificaba su Yo. Por el contrario, las heridas del desamor, de los sucesivos desengaños, de las transformaciones, lo que, en definitiva, nos hace envejecer y madurar, es para Merino algo negativo, de lo que huir. Así, en el poema “Compañera de celda” (metáfora de la identidad encarcelada en un cuerpo), habla con su cuerpo y le dice:
No me
obligues a madurar
aprendiendo a leer
el mapa de cicatrices de tu cuerpo,
no quiero reconocer otra herida
ni que confundas
el desamor con las enfermedades
y sus nudos de fiebre.
Otro poema importante es el llamado “desamor”, que reproduzco completo porque es preciso analizarlo:
Sobre el
dolor de estar
y no ser querido
pongo el mantel y espero la cena.
Cada habitación tiene un sonido
a modo de selva
o de tormenta.
Pero es en el baño
donde los espejos no disimulan,
escupen.
Cada rincón tiene su nido
y allí las arañas
preparan sus telas;
pero es en el patio
donde me dedico a despiojar niños
y aplasto las liendres con las uñas
como si fuese una gran cacería
de dedos largos
y pelo sucio.
Sobre el dolor se quejan mis manos
y yo me olvido, no existo;
ni siquiera a golpes abro la boca.
En este poema la poetisa nos vuelve a hablar de lo duro que es crecer y madurar. Ahora no se siente querida, pone la mesa y espera la cena, como si alguien fuese a traerla, pero nunca llegase, porque el amor se ha ido.
Cada habitación suena de una manera diferente, trae unos recuerdos o tiene una identidad propia. Sin embargo, el baño (con su espejo), le retorna la imagen de la mujer que es hoy, ya lejos de ser niña, porque el tiempo ha pasado (las arañas, como Penélope, han ido tejiendo su tela).
En el patio (en el lugar al descubierto de la casa, donde está “expuesta”), despioja niños, intenta salvarles de lo negativo, de la edad adulta, de lo que va a “chupar” su inocencia.
La poetisa pierde de nuevo la identidad: “yo me olvido, no existo”.
En suma, vemos como Ana Merino desarrolla de varias maneras y con cambios, por supuesto, el tema de la identidad y la pérdida de la misma a través de una no identificación con su cuerpo maduro y con la vida que le aleja de esa identidad sin fisuras y clara que era la niñez. Por eso, sus poemas siempre tienen, también, un cierto aire de melancolía y de angustia, a veces -a menudo- las dos cosas.
Lo hace con un cuidadoso tempo rítmico en sus poemas, haciendo uso de un sujeto poético que muchas veces se desdobla o se esconde o habla a un invisible interlocutor porque necesita alguien, un “otro”, que por oposición le de identidad. Usa, Merino, de imágenes simbólicas. El simbolismo es uno de sus principales rasgos estilísticos, de hecho: las arañas que tejen como símbolo del tiempo, la casa como imagen de su propio cuerpo o de sus experiencias, el viaje como huida o símbolo de verse perdida, sin rumbo…
Ana Merino es una de las poetas más interesantes del momento y con mejor evolución estilística y maduración poética.








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