BENJAMÍN PRADO / Spencer Polidori



 

Hola Polidoris:

 Benjamín Prado Rodríguez (Madrid, 13 de julio de 1961) es un poeta que ha sido considerado como perteneciente a la generación del 2000 (o del 99) en alguna ocasión y, más a menudo, miembro de la poesía de la experiencia.

Ha publicado, gasta el momento, los libros de poesía:

Un caso sencillo (1986)
El corazón azul del alumbrado (1991)
Asuntos personales (1991)
Cobijo contra la tormenta (1995)
Todos nosotros (1998)
Iceberg (2002)
Marea humana (2006)
Ya no es tarde (2014)


También tiene en su haber 13 novelas, entre las que se encuentran varias protagonizadas por el policía Juan Urbano y varios ensayos.
 

La poesía de Prado

Este poeta, a mi modo de ver, es un poeta “bisagra”, no por edad, ya que pertenece de lleno a la generación de los 80’s, sino porque realmente en él han permanecido los elementos culturalistas de los 70’s de los que los poetas de la experiencia y del resto de corrientes minoritarias de los 80 prácticamente se desprendieron desde sus segundas o terceras obras. Así pues, Prado conserva sin pudor ni vergüenza alguna los rasgos de sus mayores Novísimos y, a la vez, se inserta de lleno en la poética de la otra sentimentalidad (o de la experiencia), siendo un posmoderno de pro. ¿Cómo lo aúna? Pues, aunque parezca mentira, en Prado parece que es una cualidad consustancial a su poesía, fluye de manera natural en su obra. Vamos a verlo.

Noche nupcial

Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan
como un escalofrío recorriendo el paisaje.
Este mundo con hadas y unicornios
que gobiernan mi piel y viven en tus manos.

El mundo que no existe.

Hoy duermes junto a mí y brillas en la noche,
estatua blanca en el jardín de un sueño.

Mañana no estarás o serás otra.
Mañana, cuando mates ángeles y sirenas.
Mañana, cuando quemes nuestros bosques.

Yo me esconderé en ti como un centauro herido:
El último centauro, el que recuerda
su mundo azul desde una gruta oscura.

Quién será esta mujer a quien hoy doy mi vida.


Sé que llegará el día en que deje de quererte.

Todo será tan rápido:
primero pensaré que la vida se acaba,
que nunca fui más lejos que al dejarte marchar;
después
vendrá el olvido.

Estos poemas
hablarán todavía de nosotros
pero de tí y de mí, ya no, ya nunca más.

Cuando África amanezca cubierta por la nieve
y en los cuadros de Goya luzca el sol.
El día en que las águilas se vuelen de los dólares,
Pompeya se despierte
de su sueño a la sombra del volcán,
entonces,
sólo entonces
dejaré de quererte.

El día que no acabe a las doce de la noche.
El día en que el cielo de Marte cubra el cielo
o Raskolnikov salga de ‘Crimen y castigo’
a poner unas rosas
en la tumba de Dostoievsky,
entonces
todo habrá terminado,
no te voy a querer.

Para hasta que eso ocurra,
sólo tú y yo
podríamos
separarme
de ti.

 

Nunca es tarde para empezar de cero

Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.

Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.

Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.

Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.

Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
quiero vivir
para contarlo.



Conversación en la isla

-Escribir un poema es intentar desatarse,
adivinar en qué mano está la moneda
-dije yo-. Tú mirabas
el sol igual que un fuego encima de la isla
y yo dije: -La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo
.
Yo veía
las torres blancas. Tú dijiste: -Es raro,
nos gustaría huir
pero nadie nos sigue
.

Junto al agua,
partiendo nuestras vidas,
cortándonos las manos al coger los cristales,
tú dijiste: -La poesía es todo
lo que hay entre un disparo y el animal herido
.
Parecías
tan lejos, tan a salvo
de ti y de mí;
distinta igual que siempre,
rota y vuelta a armar de una manera nueva.

El sol se fue. La noche
se acercaba y yo dije: -¿Recuerdas que jugábamos
a poner nuestros años
al lado de la Historia? Por ejemplo:
aprobaste Latín y Armstrong llegó a la luna...

Y tú dijiste: -El fuego
                                    de los días,
                                                        la suma
de las horas,
las letras de "Armstrong llegó a la luna"...

Estábamos tan solos,
tan cansados,
como perros perdidos en medio de la lluvia,
como hombres mirando la noche desde una casa vacía.

Vi las últimas luces de la costa y el cielo
extraño encima de la playa. -A veces
-dije- no hay más que eso
y algún sitio donde ir pero ningún sitio donde quedarte
y palabras que son las piezas del abismo
y recuerdos igual que disparos en una diana.

Luego llegó la luz, el ruido azul
de la mañana,
mientras tú decías:
-Te di mi corazón y quisiste mis sueños,
te di mis sueños pero quisiste mi esperanza
.
y yo dije: -Sí, es eso. Eso es todo:
una sola mujer y un millón de maneras de perderla
.
Me miraste. Dijiste: -¿Y después? Y yo dije:
-Nada. Después no hay nada.
Después de eso
tenemos que estar juntos para siempre
.

Nos quedamos callados,
junto al agua,
mientras la luz rompía el orden de la noche,
mientras el mar se estrellaba contra los nombres de las ciudades.
Mirando el sol sobre las torres blancas.
Cada uno observando su corazón moverse
lo mismo que un pez rojo en la oscuridad de un río.

La sombra de las torres se parecía a mi vida.

Cada uno protegido por su propio dolor,
como ángeles mirando una tormenta desde el fondo del cielo.

 

María y el fantasma

Existen ciertas noches en las que Ángel González
olvida que está muerto
y entra en casa, enciende un cigarrillo,
jugamos a poner las cartas boca arriba.
Si me ve melancólico se enfada
dice que la tristeza es de cobardes,
que el equilibrio sólo lo merece
quien sabe negociar con la caída,
que me ponga de pie
y vuelva a la pelea.
Si hablamos de política
sostiene que en España eso es el arte
de hacer de la otra orilla lo contrario del río.
Si me pongo a escribir
me exige que mis versos nunca dejen atrás a sus poemas
que no salga a cazarlos y espere a las palabras
que vengan a leer

                                en ellos

                                                   su destino.

 Y si le hablo de mí dice que no me fíe:
- pregúntale a los otros para saber quien eres.
Él ya no es tan callado como cuando aún vivía
y yo sé que no estar en este mundo
no es razón suficiente para que no te escuchen,
para que no te crean.
Si le hablo de nosotros me dice que recuerde
que el amor es un ciego con un arma en la mano
y me ordena que corra hacia las balas,
no lo dudes: María es tu respuesta.
Te aseguro que hay noches en las que Ángel González
no recuerda que ha muerto
y se sienta a mi lado para hablarme de ti.


Bandera Blanca

Llegaron días oscuros
noches sumadas al hielo.
Cada mitad de tú y yo
puso su alambre de espino,
lloró cristales y astillas,
fue un soldado en las trincheras

Tú y yo querían abismos,
tú y yo construyeron lobos;
igual que el mercurio busca
la casa en que arde la fiebre
o inventa palomas rojas
la mano del cazador.

Entonces, volvió lo azul,
se izaron las banderas blancas, ellos dijimos perdona,
nosotros tendieron puentes,
tú vives porque yo existo
yo moriría por ti.

Bandera blanca, mi amor.
Bandera blanca, amor mío.


Ecuador

Hace falta la noche para ver las estrellas.

Igual que ayer, hoy busco -lo dijo Juan Ramón-
una verdad aún sin realidad;
busco en la tinta verde de todo lo que escribo
un planeta sin nombre o una jungla perdida.

Y hace falta la noche.

Yo me siento en las sombras,
prendo un fósforo,
tallo mis esmeraldas, construyo mis panales.
Todo es igual y todo es diferente.

La vida,
que fue un río,
es ahora un océano,
el pasado es la arena y el agua es el futuro.

Hace falta la noche.

Todo está en mí
lo mismo que un clavo en la madera:
cada paso en la nieve,
cada luz apagada,
cada piel encendida.

 

En el camino

Han pasado diez años y es un día de invierno.
Tú caminas por las avellanedas.
y vas junto a esos sauces amarillos que avanzan
por los ríos con luna.

No será como ahora, no tendrás veinte años;
la nieve irá acercándose a tu casa
y el aire verde moverá en tus ojos
sus bosques de cristal y de silencio.

Recuérdalo, hubo un río.
                                        Los árboles vivían
en el imán del agua.
Por la noche, escuchábamos gotear en las sombras
la canción de los búhos.

Y, luego, la corriente se llevó nuestras caras.
No sabemos a dónde. No sabemos por qué.

Aún estamos aquí.
                              Pero, de pronto,
han pasado diez años
y tú y yo somos dos desconocidos.

 

La poética de Prado

Para empezar, podemos hacer notar el lenguaje fácil, llano, muchas veces coloquial y casi prosaico de sus composiciones. No encontramos imágenes muy elaboradas ni surrealistas. Ni siquiera un simbolismo predominante que vaya más allá de los tópicos más comunes. Sus imágenes más complejas son, mas bien, casi greguerías (sí, como las de don Ramón): “trenes que al alejarse dejan un escalofrío recorriendo el paisaje” [en el poema Noche Nupcial] , impresionistas y, siempre, pueden entenderse fácilmente. Eso le aleja de los culteranistas de los 70 y le acerca más a las corrientes más desprendidas de metáforas de las que imperan en los 80’

 

 

 Pero no nos equivoquemos. Al igual que los novísimos, las referencias culturales están a la orden del día en la poesía de Prado. No sólo las más cultas, sean explícitas (nombra a su amigo y maestro Rafael Alberti en varios poemas, a Alejandra Pizarnik a Kierkegaard y Coleridge, a Jaime Gil de Biedma a Octavio Paz o a Juan Ramón Jiménez, Dostoievsky y Ángel González, como en los poemas que reproducimos más abajo) o veladas (“vivir para contarlo” podría aludir a la autobiografía de García Márquez, “la vida era un río” es evidentemente una alusión a las Coplas de Manrique, o cuando dice en el poema María y el fantasma: “Y si le hablo de mí dice que no me fíe” es una alusión al verso de González “si hablamos de mí / puesto que de algo hay que hablar” y a la faceta de yo fingidor que también hay en ese poeta…). Además, están las alusiones a la cultura popular. En sus poemas nombra a Pink Floyd, a Bob Dylan (Bob Dylan aparece en todas sus obras, como una especie de juego personal consigo mismo) , Patty Smith, o hace diversas alusiones al cine. Todo eso entronca con los novísimos, sean venecianistas o estén más cerca del uso de la cultura pop, como Vázquez Montalbán. Estas citas suelen venir acompañadas de intertextualidad. También en los paratextos (como las citas que abren los poemas o en los títulos, suelen aparecer estas referencias).

También es frecuente en la poesía de Prado el sentido del humor y los juegos de palabras. Le gusta mucho jugar con los pronombres, como en todo el poema “Bandera blanca” o también en alguno de los propuestos hoy: “Sólo tú y yo podríamos separarme de ti” (perfectamente sintáctico pero que suena verdaderamente raro) o “sólo puedo estar contigo o contra mí” (con ese cambio final de “mi” por “ti”, que sería lo común). El juego, el humor, es propio de los novísimos mucho más que de los poetas de la experiencia, si bien ahí está Juaristi para contradecirlo (nunca me convencieron las  etiquetas…)

No está Prado a favor de una escritura espontánea. Cada edición de su poesía ha conllevado cambios en los poemas. Hasta el punto de que cuando se le propuso hacer su antología reescribió todo su primer libro, Un caso sencillo porque le parecía que era la obra de alguien demasiado imberbe. E incluso añadió poemas nuevos, escritos con cuarenta años pero poniéndose en la perspectiva del muchacho que era con 17, cuando lo escribió. Un impostor, sin duda. Un impostor de sí mismo.

Pero, además, No sólo el Yo fluctúa según la edad del escritor / autor / corrector de los poemas, sino que dentro de los propios poemas, el Yo se multiplica, se diluye o se fragmenta. Así, es altísimo el número de poemas de Prado en que existe dialogismo o en los que la grafía diferente (generalmente cursiva), marca la intervención de diferentes voces. Esa dilución del yo, el dialogismo o el monólogo interior de sus poesías son muy propias de la poesía de la experiencia.

¡Ah! ¡Y también escribe haikus!, rasgo de la literatura popular que se pone de moda en los 90’s más que en los 80’s.


 

Por tanto y en conclusión: Prado desarrolla una poética con un sello de identidad muy marcado, curiosamente logrado gracias a una profunda y machacona experimentación con un Yo que queda diluido, multiplicado o perdido entre varias voces. Su poesía se funda en tendencias diferentes y opuestas, como los Novísimos culturalistas y la poesía de la Experiencia derivada de los planteamientos poéticos de Gil de Biedma, incorporando rasgos, también, de poetas del 27 y del 50, con los que compartió amistad.

En suma, una multiplicidad de elementos que configuran, sorprendentemente, una poética personal y muy distinta, aunque pueda estar más frecuentemente cercana a la poesía de la Experiencia por generación.

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